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Dosis semanal de dignidad comprimida

Cómo un sermón da valor al alma

Fui a casa de una mujer que asistía a la iglesia de la que yo era pastor. Cuando entré en la vivienda, su esposo estaba dormido en un catre en el salón. Era un hombre demacrado que olía a whiskey. Su piel estaba amarillenta. Cuando se despertó y nos saludamos, su voz sonaba  sorda y ronca por el tabaco y bastante elevada. Sus ojos tenían algo odioso que me helaba la sangre.

Este era el hombre maltratador que la mujer de nuestra iglesia trataba de aplacar día tras día. Me había contado historias sobre él que me ponían los pelos de punta.

Vivían de la asistencia social, y su casa tenía la etiqueta de pobreza escrita en cada esquina: un neumático abandonado en el sucio “patio”; el suelo de la cocina totalmente irregular; las paredes sombrías que necesitaban una buena capa de pintura. En el salón, el tapizado de las sillas estaba raído, un par de sillas cojeaban porque les faltaba una pata, los cojines sin forma, trampas para ratones por todas partes. El lugar estaba iluminado tenuemente con unas bombillas que no serían de más de cuarenta vatios.

Los que asisten a nuestras iglesias están siendo bombardeados diariamente por falsos valores y creencias que abaratan la creación de Dios,…

Pero cada semana, algo sucedía en la vida de esta mujer que elevaba su espíritu a un plano más alto y más brillante: iba a la iglesia y escuchaba un sermón. El sermón no era más que una ración condensada de dignidad que salvaba y ennoblecía su golpeado espíritu. Regularmente yo apreciaba lágrimas de gratitud en sus ojos cuando me saludaba tomándome de la mano antes de irse a casa.

No importa cuál sea nuestra situación, la vida diaria en un mundo caído es como pasear por túnel de menosprecio. Los que asisten a nuestras iglesias están siendo bombardeados diariamente por falsos valores y creencias que abaratan la creación de Dios, por desaires personales e insultos, por acusaciones de Satanás. Sus mentes se ven asaltadas por imágenes escabrosas en los medios de comunicación y por la irreverencia que resulta inaceptable para Dios precisamente porque envilece la creación. Están sujetos a pecados que ensucian la imagen de Dios dentro de ellos. Sufren imágenes distorsionadas de sí mismos que contradicen la verdad de Dios.

Después de una semana así, es una maravilla que una persona pueda entrar dentro de una iglesia con algún sentido de valor personal (y las caras de muchos lo confirman).

Pero después ellos escuchan una predicación ungida, y la ley de la gravedad se da la vuelta y se sienten impulsados hacia arriba, hacia el cielo. El sermón revela el carácter de Dios, que llena de significado y majestad la vida. El sermón nos dice quiénes somos a los ojos de Dios: seres creados a su imagen divina, amados más allá de lo que se puede describir, destinados a la gloria. El sermón descubre pecados – y luego anuncia cómo ser redimido. El sermón honra la moralidad que exalta la humanidad. El sermón asume que la gente puede pensar y discernir sobre la vida y el Libro de la vida. El sermón apela a la voluntad, tratando a la gente como agentes responsables cuyas elecciones tienen repercusión para siempre. El sermón predica a Cristo Emanuel, santificando siempre la carne humana, segundo Adán que algún día resucitará a los creyentes transformándoles a su imagen. Un sermón es la dosis más intensa de dignidad que cualquier persona puede recibir.

Escuchar un sermón de calidad es como ascender al Monte de la transfiguración. Antes de ese momento, Jesús se parecía a cualquier otro hombre. Su apariencia y su forma de vestir eran la de un hombre común. Pero en el Monte de la transfiguración, su apariencia cambió y mostró toda su naturaleza divina. Irradiaba gloria de Dios, su rostro resplandecía como el sol y su ropa se tornó de un blanco celestial. Se abrió el telón, revelando la realidad.

Durante el sermón, estamos en cierto sentido transfigurados. Nuestra auténtica dignidad que procede de Dios brilla. Nada en la vida trata a un hombre o a una mujer de una forma que implique tanto valor y nobleza.

No hubiera podido darle un regalo más valioso a esa mujer oprimida por la vida que poner lo mejor de mí y de Dios en cada sermón. Es una dosis semanal de dignidad comprimida.

Craig Brian Larson, “A Weekly Dose of Compressed Dignity.” Robinson, H. W., & Larson, C. B. (2005). The Art and Craft of Biblical Preaching: A Comprehensive Resource for Today’s Communicators (1st ed.) (29–30). Grand Rapids, MI: Zondervan Publishing House. (Traducido por exegetica.net)

Se ruega no reproducir o distribuir este artículo sin permiso.

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