Top Menu

El ministerio supremo – Colosenses 1:24–29 (1)

R. C. Sproul, presidente del Ligonier Study Center (Centro de Estudios Ligonier), teólogo popular y comunicador colorista y dotado, nos cuenta el siguiente intercambio de palabras que tuvo con uno de sus estudiantes:

Recuerdo a un estudiante que mirándome arrobado me preguntó maravillado: “¿Cómo era para usted ser simplemente un ministro? Perdí los nervios. Exploté con indignación. “¿Qué quiere decir con solo un ministro? ¿No se da cuenta de que el ministerio en una iglesia local es el llamamiento más alto que existe en la tierra? ¡Dios solo tuvo un hijo y lo hizo predicador!”

Me imagino al Dr. Sproul con aire teatral, de pie ante su estudiante como un Lutero de los últimos días, mientras su estudiante busca un lugar donde esconderse. En realidad Sproul solo se estaba divirtiendo, pero hablaba en serio al decir lo que decía, o sea, que el ministerio cristiano es el llamamiento más alto que existe.

Por supuesto Sproul no es el primero en pensar de esa manera. John Wycliffe, la “estrella de la mañana” inglesa de la Reforma, escribió:

El servicio más grande que un hombre puede realizar en la tierra es predicar la Palabra de Dios. Este servicio recae particularmente en los sacerdotes y por tanto Dios lo exige más directamente de ellos. … Y por esto, Jesucristo dejó otros trabajos y se ocupó principalmente de la predicación, y lo mismo hicieron los apóstoles, y Dios los amó por ello.

En el siglo pasado, Alexander Whyte de Edinburgo escribió a un desanimado pastor: “Los ángeles que rodean el trono envidian su gran trabajo… Madure en gracia y poder como predicador del evangelio”. En nuestros días, W. E. Sangster del Westminster Central Hall de Londres dijo:

¡Llamado a predicar!… ¡Comisionado de Dios para enseñar la palabra! ¡Un heraldo del gran Rey! ¡Un testigo del Evangelio eterno! ¿Puede haber un trabajo más elevado y santo? Para esta tarea suprema Dios envió a su hijo unigénito. En toda la frustración y confusión de aquellos tiempos, ¿es posible imaginar una obra comparable en importancia con la de proclamar la voluntad de Dios a los insubordinados hombres?

Y por supuesto, a pesar de que estamos llamados a muchas ocupaciones diferentes y todas son santas si son voluntad de Dios, el ministerio del evangelio en sus distintas formas es el llamamiento más alto posible.

…el ministerio del evangelio en sus distintas formas es el llamamiento más alto posible.

Tras introducirnos sucesivamente a la supremacía de Cristo en la creación (vv. 15-17), en la Iglesia (v. 18), y en la reconciliación (vv. 19-23), Pablo ahora nos da una perspectiva magnífica sobre el ministerio resultante. Es una visión extraordinariamente equilibrada que delinea cuatro aspectos de su ministerio: su actitud ministerial, su cometido ministerial, su propósito ministerial, y su devoción ministerial. Será especialmente útil para los que se dedican profesionalmente al ministerio, pero debería resultar igualmente útil para cualquier creyente serio, porque todos estamos llamados al “ministerio”, cualquiera que sea nuestra vocación formal.

La actitud ministerial de Pablo – Colosenses 1:24

Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia.

Pablo dice explícitamente que se goza en lo que padece. Desde una perspectiva no religiosa, lo que dice es incomprensible: “masoquismo bautizado”. Pero Romanos 5:3 habla de gloriarse en la tribulación; 1 Pedro 4:13 dice que nos gocemos cuando seamos partícipes de los padecimientos de Cristo; en Hechos 5:41 los apóstoles se regocijan de haber sido tenidos por “dignos” de padecer afrenta por causa del Nombre. Pablo también se regocija, pero ¿por qué?

Primero, porque su sufrimiento hizo bien a la Iglesia. “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros y cumplo en mi carne lo que falta…por su cuerpo, que es la Iglesia”. Sin su voluntad de sufrir (descrita en 2 Corintios 11, donde enumera un asombroso catálogo de las miserias por las que ha tenido que pasar para traer el evangelio a Asia), no habría habido iglesia en Asia. El evangelio siempre se ha extendido gracias a las penurias sufridas por los misioneros. Pero hay algo más aquí, y es mucho más sutil: los creyentes maduran a través del sufrimiento personal, y lo bueno que ellos reciben fluye hacia los demás: esto edifica la Iglesia.

John Newton, el autor de “Amazing Grace” dijo:

Dios elige a sus ministros para que se ejerciten con sufrimiento, interior y exterior; ellos deben poder simpatizar con su rebaño, y saber en su propio corazón lo engañoso del pecado, la debilidad de la carne, y la manera en la que el Señor sostiene y apoya a todos los que confían en Él.

Los siervos de Dios se benefician, y todo el mundo sale beneficiado. Para Pablo, esta es la causa del gozo. Por eso muy a menudo el sufrimiento de un hermano o hermana en Cristo es una gran fuente de bendición para la Iglesia, ya que su carácter elevado es transferido a los demás creyentes.

Segundo, Pablo describió su sufrimiento como cumplir “en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo. Este es uno de los versículos más debatidos de las Escrituras. Se han escrito libros enteros sobre su interpretación en los últimos dos mil años. Sabemos que esto no significa que Pablo quisiera decir que eso era lo que le faltaba al sufrimiento expiatorio de Cristo, porque todo Colosenses y el resto del Nuevo Testamento enseña que el sufrimiento de Cristo es suficiente en sí mismo (cf. 2:13-14; 1:12-14, 19-22). Pablo no ayudó en la Expiación; ese fue trabajo único de Cristo. Pero una cosa que enseña realmente la frase (y todo el mundo está de acuerdo en ello) es que se establece una identificación entre Cristo y la Iglesia mediante el sufrimiento. Antes del encuentro de Pablo en el camino a Damasco, Pablo había hecho sufrir a Cristo a través de su pueblo al que estaba persiguiendo. Las primeras palabras de Cristo a Saúl dejaron esto muy claro: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4). Jesús estaba siendo perseguido en los cuerpos de sus seguidores. Sin embargo, inmediatamente después de la conversión de Pablo Jesús dijo: “porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (9:16). Ahora Pablo sufriría, y Cristo sufriría en él: ¡una verdad formidable!

La doctora Helen Roseveare, una doctora británica, ha trabajado durante más de veinte años en el Zaire, África. Durante doce años y medio tuvo un tiempo frenético pero por lo general maravilloso sirviendo como única doctora en un área con más de medio millón de personas (hoy día millón y medio). Pero en 1964 la revolución asoló el país, y ella y sus compañeros de trabajo sufrieron cinco meses y medio de una brutalidad y tortura casi inimaginables. En una ocasión cuando la doctora Roseveare estaba a punto de ser ejecutada, un estudiante de diecisiete años salió en su defensa y fue salvajemente golpeado por ello. Le patearon como a un balón de fútbol y le dejaron por muerto. La doctora Roseveare se sintió enferma. Durante un momento pensó que Dios la había abandonado, aunque no dudaba de que existiera. Pero Dios intervino, la abrumó con la sensación de su presencia y le dijo algo como: “Hace veinte años me pediste que te concediera el privilegio de ser misionera, el privilegio de que te identificaran conmigo. Estos no son tus sufrimientos, son mis sufrimientos”. Cuando la fuerza de estas palabras alcanzó su mente, la doctora cuenta que se sintió invadir por la sensación de ser una privilegiada. Su identificación con Cristo, su unión con él se elevó gracias al sufrimiento, y ella se gozó en ello. De la misma manera Pablo se goza en esa sublime sensación de unión con Cristo que experimentó cuando Cristo le hizo partícipe de sus sufrimientos.

Entonces ¿qué quiso decir Pablo con las palabras “lo que falta de las aflicciones de Cristo”? Nadie lo puede saber con seguridad. Muchos grandes estudiosos de hoy día, como Ralph Martin o Peter O’Brien, creen que las palabras de Pablo hacen referencia a la idea que los judíos tenían de que la Edad Mesiánica iba a estar precedida por una gran cantidad de sufrimiento (1 Enoc 47:14; 2 Baruc 30:2). Por lo tanto, el sufrimiento es el sufrimiento del pueblo de Dios, pero en última instancia es el sufrimiento de Cristo porque él se identifica con su pueblo. Así que Pablo en su sufrimiento ayudó a completar el de Cristo y por tanto adelantó la Edad Mesiánica. Si esta es la interpretación correcta, Pablo se estaba regocijando porque su sufrimiento (que es el sufrimiento de Cristo) estaba acercando todo a la meta final y así adelantando el día del Reino.

Sea como sea, una cosa está clara: Pablo sabía que sus sufrimientos eran buenos para la Iglesia y que le acercaban especialmente a Cristo. Cada golpe que caía sobre él también caía sobre su Señor, y por tanto les unía más en el mutuo sufrimiento. La experiencia de Pablo fue como la de Sadrac, Mesac y Abed-nego que en el horno de fuego ardiente tuvieron la compañía de una cuarta persona: el Señor (Daniel 3:25). Por eso Pablo ora desde una cárcel romana:

Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte.(Filipenses 3:10)

Pablo sabía que sufrir era miserable, pero la resultante sensación de unión con Cristo era maravilloso.

El cometido ministerial de Pablo – Colosenses 1:25-27

De ella [la Iglesia] fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios… (v. 25)

Este cargo tiene la predicación como principal función, y específicamente la exposición bíblica. La frase “para que anuncie la palabra de Dios” literalmente dice “que yo podría completar la Palabra de Dios”. La idea es exponer plenamente la Palabra de Dios. La gente no puede conocer a Cristo mejor sin conocer las Escrituras. Predicar (exponer) era la parte central del llamamiento de Dios para Pablo. La predicación debe abrir la Palabra de Dios. Pablo reafirma aquí que tal predicación es primordial para un auténtico ministerio. No hay atajo, es necesario trabajar. Joseph Parker lo expuso de la siguiente manera:

Si hubiera hablado toda la semana, no habría predicado el domingo. Eso es todo. Aquí no hay misterio alguno. He hecho de mi trabajo como predicador mi deleite, el auténtico festival de mi alma. Eso es todo. Joven hermano, ve, haz lo mismo y ¡que Dios te bendiga!

Lo específico de esta predicación se ofrece en los versículos 26 y 27:

…el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos. A ellos, Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, esperanza de gloria.

Este cargo [de Pablo] tiene la predicación como principal función, y específicamente la exposición bíblica.


La predicación de Pablo expone un “misterio”: que de alguna manera el propósito salvador de Dios se iba a extender a los gentiles (Isaías 49:6; Romanos 15:9-12). Desde la antigua perspectiva judía, parecía imposible por el mutuo desdén que los gentiles y especialmente los judíos sentían unos hacia otros. ¡Un misterio sin duda!

El obispo John Green de Sidney cuenta que estaba trabajando con un grupo de chicos, algunos aborígenes y otros de descendencia inglesa, y que las tensiones raciales eran tales que ni se sentaban unos al lado de los otros pacíficamente en el autobús. Un día cuando las cosas se habían ido de las manos, él detuvo el autobús, les ordenó a todos salir fuera y les dijo que habían dejado de ser blancos y negros, que eran todos verdes. Los puso en línea alternándolos y les hizo decir uno a uno: “Soy verde” mientras iban entrando de nuevo en el autobús. Viajaron integrados “silenciosamente” hasta que se escuchó una voz en la parte de atrás del autobús diciendo: “Vale, verde claro a un lado y verde oscuro al otro lado”.

Los antiguos judíos y gentiles eran así, pero con bastante menos sentido del humor, y sus animosidades iban más allá del color de la piel. La profetizada reconciliación de judíos y gentiles era realmente un misterio. Después llegó Cristo, y la pared intermedia que los separaba fue derribada, y los judíos y los gentiles se convirtieron en un solo y nuevo hombre haciendo la paz, shalóm (Efesios 2:13-18).

…el misterio de Cristo, el cual en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Efesios 3:4-6).

Judíos y gentiles se sentaron juntos a la mesa y se consideraron uno en Cristo.  ¡Fue un milagro! Esto sucedió solo porque “Cristo en vosotros, esperanza de gloria” (v. 27b). Que el Señor Jesucristo residiera en ellos fue lo que hizo posible el milagro.

Eso sucedió en Colosa, y puede suceder hoy día. Una de las mayores glorias del evangelio es que une a gente diferente.

Para leer la continuación de este artículo dirígete al artículo El ministerio supremo – Colosenses 1:24-29 (2).

Tomado de Colossians and Philemon : The supremacy of Christ. Preaching the Word de Hughes, R. K. © 1989, pp. 43–50. Usado con permiso de Crossway, un ministerio editorial de Good News Publishers, Wheaton, IL 60187, www.crossway.org

Se ruega no reproducir o distribuir este artículo sin permiso.

, , ,