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Que no seamos fluctuantes en la doctrina

“Ahora hermanos, quiero que se acuerden del mensaje de Salvación que les he predicado.  Este es el mensaje que ustedes aceptaron, y en el cual están firmes” (1 Corintios 15:1).

La fe misma es un cuerpo de verdad, y al aceptarla, estamos a la vez unidos unos a otros y formamos el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.  “Para que ya no seamos niños”, literalmente, “bebes”; “fluctuantes”, es decir que oscilan frente al viento, que en este caso se usa metafóricamente; “viento de doctrina…Por estratagema” ó, trampa, astucia, ardid, engaño (Efesios 4:14).

La única manera de poder descubrir el error es el conocer la verdad, por la cual alcanzamos el conocimiento del Hijo de Dios y la madurez cristiana.  “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que lo prometió” (Hebreos 10:23).  Una confesión inquebrantable de fe en el Cristo vivo es necesaria.  Dios fundamenta nuestra esperanza con sus propias promesas, porque “fiel es Él que prometió”.

La única manera de poder descubrir el error es el conocer la verdad.

Todo el que es verdaderamente hijo de Dios, es parte de la iglesia, ama a Jesús, ama su verdad y aborrece el error y detesta la herejía.  El creyente, no debe ser fluctuante ni en doctrina, testimonio, principios, práctica y convicciones, ni por convivir con los herejes o sectarios equivocados.

De los primitivos cristianos, se dice que, “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42).  Después, aparecieron falsos maestros enseñando doctrinas erróneas causando divisiones en contra de la sana doctrina.  Somos exhortados: “Mas os ruego hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido y que os apartéis de ellos: porque los tales no sirven a Nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan a los corazones de los ingenuos” (Romanos 16:17,18).  No debemos de buscarlos ni reunirnos con ellos.

Se nos dice: “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia…el que persevera en la doctrina de Cristo, éste si, tiene al Padre y al Hijo…Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le digáis, Bienvenido” (2 Juan 9).  Vemos que Dios nuestro Padre es terminante en un asunto tan importante como es el de guardar, cumplir y vivir su santa, sana, pura y buena doctrina, confirmada y comprobada con la Palabra.  ¡No, no, no seamos flojos, ni vacilantes!

“Fluctuante” es aquel que vacila, que oscila, aquel que duda y es semejante a las olas del mar, aquel que claudica entre dos pensamientos, opiniones, partidos, bandos, creencias y doctrinas (1º. Reyes 18:21).

La sana doctrina viene de Dios; Él es la fuente del sano conocimiento; es el Maestro por excelencia; y su enseñaza se manifiesta en juicios, preceptos, palabras y en la manifestación de su voluntad, enseñado todo esto en su Palabra eterna, la Santa Biblia.

Los apóstoles enseñaron la doctrina directamente recibida del Maestro; y las que más tarde les reveló por medio del Espíritu Santo.

La doctrina está calificada en el Nuevo Testamento con las expresiones: “Según la piedad” (1 Timoteo 6:3; Tito 1:1), “Buena” (1 Timoteo 4:6), y “Sana” (Tito 2:8), en contraste con los efectos perniciosos de las falsas doctrinas.

“Y Él mismo constituyó a unos, apóstoles… a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios…para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina…, sino que siguiendo la verdad… crezcamos en todo, en Aquel que es la cabeza, esto es Cristo” (Efesios 4:11-15).  Siempre en Cristo estamos completos, cumplidos y perfectos (Colosenses 2:10).

“Así que, hermanos, estad firmes y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra o carta nuestra” (2 Tesalonicenses 2:15).

Vemos que Dios nuestro Padre es terminante en un asunto tan importante como es el de guardar, cumplir y vivir su santa, sana, pura y buena doctrina, confirmada y comprobada con la Palabra. ¡No, no, no seamos flojos, ni vacilantes!

Como vemos, aún en el tiempo de los apóstoles hubo decadencia en la vida espiritual, que unos se estaban apartando de la fe, siendo llevados por las doctrinas erróneas de los falsos maestros.  El Espíritu impele a Judas a amonestar a los hermanos a que contiendan eficazmente por la fe que una vez para siempre fue entregada a los santos.  La Palabra “fe” aquí, quiere decir toda la doctrina del Evangelio.  Esta es la fe que guardó el Apóstol Pablo (2 Timoteo 4:7).  Es todo el consejo de Dios: completo, cabal (Apocalipsis 22:18,19).  No hay nada más que añadirle, ni nada que quitarle.  Los falsos maestros, en Judas (5-16), son comparados a tres individuos del Antiguo Testamento: “El camino de Caín”, de la incredulidad; “El error de Balaam”, el enseñar por dinero y amar la gloria de los hombres y “Coré”, la rebelión abierta. En estos tres hombres tenemos toda la descripción del progreso de la apostasía antes de la pronta venida de Cristo, Nuestro Señor (2 Timoteo 3:1-14).  El Señor está cerca; estemos vigilantes.  “Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia…mas los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados.  Pero persiste tú en lo que has aprendido…sabiendo de quien has aprendido” (2 Timoteo 3:10,13,14). “…Que prediques la Palabra” (2 Timoteo 4:2) para poder hacerlo hay que dedicarse a estudiar la Palabra, escudriñarla, y probarlo todo con ella.

Hernández Echegoyén, Eliseo (2005). Predica la Palabra (12-13). El Salvador, Centro América: Graficolor S.A. de C.V.

Usado con permiso del autor. Se ruega no reproducir o distribuir este artículo sin permiso.

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