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La Palabra de Dios es un libro

Uno de los grandes redescubrimientos de la Reforma —en especial de Martín Lutero— fue que la Palabra de Dios llega a nosotros en forma de libro. En otras palabras, Lutero comprendió este poderoso hecho: Dios conserva la experiencia de la salvación y la santidad, generación tras generación, mediante un libro de revelación, no con un obispo en Roma, y no con los éxtasis de Thomas Muenzer y los profetas de Zwickau. La Palabra de Dios llega a nosotros en forma de libro. Este redescubrimiento fue determinante para Lutero y la Reforma.

La Palabra de Dios llega a nosotros en forma de libro. En otras palabras, Lutero comprendió este poderoso hecho: Dios conserva la experiencia de la salvación y la santidad, generación tras generación, mediante un libro de revelación….

Uno de los oponentes de Lutero en la Iglesia romana, Sylvester Rierias, escribió en respuesta a las 95 tesis de Lutero (postulada en 1517): “El que no acepta la doctrina de la Iglesia romana y del pontífice de Roma como una regla de fe infalible, de la cual las Santas Escrituras, también, toman su fuerza y autoridad, es un hereje”. En otras palabras, la Iglesia y el Papa son el depósito autoritativo de la salvación y de la Palabra de Dios; y el libro —la Biblia— es algo derivado y secundario. “Lo novedoso en Lutero,” —dice Heiko Oberman—, “es la noción de la obediencia absoluta a las Escrituras en contra de cualquier otra autoridad; ya sean papas o concilios.” 1  En otras palabras, la Palabra de Dios salvadora, santificante y autoritativa llega a nosotros en forma de libro. Las implicaciones de esta simple observación son tremendas.

En 1539, comentando el Salmo 119, Lutero escribió: “En este salmo David siempre dice que no hablará, pensará, escuchará, ni leerá, día y noche constantemente otra cosa que no sea la Palabra de Dios y sus mandamientos. Porque Dios quiere darte Su Espíritu solo a través de la Palabra externa”. 2 Esta frase es extremadamente importante. La “Palabra externa” es el libro. Y el Espíritu de Dios salvador, santificante e iluminador, dice, viene a nosotros  a través de esta “Palabra externa”. Lutero la denomina “la Palabra externa” para enfatizar que es objetiva, fija, externa a nosotros, y por lo tanto inalterable. Es un libro. Ni una jerarquía eclesiástica ni un éxtasis fanático pueden reemplazarla o moldearla. Es “externa”, como Dios. La tomas o la dejas. Pero no puedes hacer que sea algo diferente a lo que es. Es un libro con letras, palabras y frases fijas.

Lutero dijo con fuerza en 1545, el año antes de morir, “El hombre que quiera oír hablar a Dios, que lea las Escrituras.”3 Antes había dicho en sus conferencias sobre el Génesis: “El Espíritu Santo mismo y Dios, el Creador de todas las cosas, es el autor de este libro.” 4 Una de las implicaciones del hecho de que la Palabra de Dios llegue a nosotros en forma de libro es que el tema de este capítulo es “El pastor y su estudio”, no “El pastor y su sesión de espiritismo” o “El pastor y su intuición” o “El pastor y su multiperspectivismo religioso”. La Palabra de Dios que salva y santifica, de generación en generación, se preserva en un libro. Y por lo tanto en el centro mismo de toda obra de un pastor está el estudio del Libro. Llamémosle lectura, meditación, reflexión, cavilación, estudio, exégesis, o cualquier otra cosa: una parte grande e importante de nuestro trabajo es batallar con lo que Dios quiere decir según lo expresado en un libro, y después proclamarlo en el poder del Espíritu Santo.

Lutero sabía que algunos tropezarían con el conservadurismo puro de este hecho simple e inalterable: la Palabra de Dios está expresada de forma fija en un libro. Él sabía entonces, como sabemos ahora, que muchos dicen que esta afirmación invalida o minimiza el papel crucial del Espíritu Santo al dar la vida y la luz. Lutero probablemente diría: “Sí, eso puede suceder. Se podría argumentar que enfatizar el brillo del sol invalida al cirujano que puede curar la ceguera”. Pero la mayoría de la gente no estaría de acuerdo con eso. Lutero desde luego no.

En 1520, dijo: “Tengan la seguridad de que nadie hará doctor de las Sagradas Escrituras salvo sólo al Espíritu Santo del cielo”5 Lutero amaba con pasión al Espíritu Santo. Y su exaltación del libro como la “Palabra externa” no infravaloraba al Espíritu. Por el contrario, elevaba el gran don del Espíritu al cristianismo. En 1533, Lutero dijo: “La Palabra de Dios es lo más grande, lo más necesario y lo más importante en la cristiandad”.6 Sin la “Palabra externa” no distinguiríamos un espíritu de otro, y la personalidad objetiva del Espíritu Santo mismo se perdería en una bruma de expresiones subjetivas. Apreciar el libro implica para Lutero que el Espíritu Santo es una persona hermosa que debe ser conocida y amada, no un zumbido que se siente.

Otra objeción al énfasis de Lutero en el libro es que minimiza la Palabra encarnada, Jesucristo mismo. Lutero dice que es al contrario. En la medida en que la Palabra de Dios esté desconectada del objetivo — la “Palabra externa”— en esa misma medida la Palabra encarnada —el Jesús histórico— se convierte en cera que puede ser moldeada según las preferencias de cada generación. Lutero tenía un arma con la cual rescatar la Palabra encarnada del peligro de ser vendida en los mercados de Wittenberg. Expulsó a los cambistas —los vendedores de indulgencias—con el látigo de la “Palabra externa”, el libro.

Llamémosle lectura, meditación, reflexión, cavilación, estudio, exégesis, o cualquier otra cosa: una parte grande e importante de nuestro trabajo es batallar con lo que Dios quiere decir según lo expresado en un libro, y después proclamarlo en el poder del Espíritu Santo.

Cuando expuso las 95 tesis el 31 de octubre de 1517, la tesis 45 decía así: “A los cristianos se les debería enseñar que quien ve a alguien necesitado y pasa por delante para comprar una indulgencia, recibe no la remisión del papa, sino la ira de Dios”.7 Este golpe cae del libro, de la historia del buen samaritano y del segundo gran mandamiento del libro, la “Palabra externa”. Sin el libro no habría habido golpe, y la Palabra encarnada sería un juguete en manos de todo el mundo. Así que precisamente a favor de la Palabra encarnada Lutero exalta la Palabra escrita, la “Palabra externa”.

Es cierto que la iglesia necesita ver al Señor hablando de forma terrenal y caminando por la tierra. Nuestra fe tiene sus raíces en esa decisiva revelación en la historia. Pero Lutero declaró que este ver sucede a través de un documento escrito. La Palabra encarnada nos es revelada en un libro. ¿No es asombroso que el Espíritu en los tiempos de Lutero, y en nuestros días, estuviera y esté virtualmente silencioso en cuanto a la historia del Señor encarnado en la tierra, excepto para amplificar la gloria del Señor a través de la crónica escrita de la Palabra encarnada?

O sea, ni la Iglesia católica romana ni los profetas carismáticos dijeron que el Espíritu del Señor les narrara nuevos sucesos no contados del Jesús histórico. Esto es sorprendente. De todas las reclamaciones de autoridad sobre la “Palabra externa” (por el papa) y junto con la “Palabra externa” (por los profetas contemporáneos), ninguno aporta información nueva sobre la vida encarnada y el ministerio de Jesús. Roma se atreverá a añadir datos a la vida de María (por ejemplo, la inmaculada concepción), pero no a la vida de Jesús. Los profetas carismáticos anunciarán nuevos movimientos del Señor en el siglo XVI, y en nuestros días, pero ninguno parece aportar nuevas parábolas o milagros de la Palabra encarnada que fueran omitidas por los evangelios; a pesar de que el apóstol Juan escribiera: “Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25). Ni la autoridad romana ni el éxtasis profético añaden o borran nada del registro externo de la Palabra encarnada.

¿Por qué el Espíritu permanece tan silencioso sobre la Palabra encarnada después de la época del Nuevo Testamento, incluso para los que invaden la autoridad del libro? La respuesta parece ser que a Dios le complace revelar la Palabra encarnada, Jesucristo, a todas las generaciones posteriores por medio de un libro, especialmente los evangelios. Lutero lo expuso de esta manera:

Los mismos apóstoles consideraron necesario redactar el Nuevo Testamento en griego y vincularlo fuertemente a ese idioma, sin duda para mantenerlo a salvo para nosotros, sano y salvo como si estuviera en un arca sagrada. Porque ellos previeron todo lo que iba a pasar y lo que ahora ha ocurrido, y sabían que si estuviera solo dentro de la cabeza de alguien, se produciría confusión y desorden, y surgirían muchas interpretaciones diferentes, modas y doctrinas en la Iglesia, lo cual se podría evitar y se podría proteger al hombre normal y corriente solamente consignando por escrito el Nuevo Testamento.8

El ministerio del Espíritu interno no anula el ministerio de la “Palabra externa”. El Espíritu no duplica la intención que se tenía al diseñar el libro. El Espíritu glorifica la Palabra encarnada de los evangelios, pero no narra de nuevo sus palabras y obras para la gente ignorante o para los pastores negligentes.

La inmensa implicación de esto para el ministerio pastoral y el laico es que los ministros son esencialmente agentes de la Palabra de Dios transmitida en un libro. Nosotros somos fundamentalmente lectores y maestros y proclamadores del mensaje del libro. Y todo esto es por la gloria de la Palabra encarnada y por el poder del Espíritu santo. Pero ni el Espíritu Santo ni la Palabra encarnada nos separa del libro que Lutero llama “la Palabra externa”. Cristo emerge para nuestra alabanza y nuestra comunión y nuestra obediencia desde la “Palabra externa”. Aquí es donde vemos “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6). Asi que es por Cristo que el Espíritu se manifiesta a través del libro donde Cristo se ve con claridad y no a través de trances donde se ve opacamente.

Tomado de The Legacy of Sovereign Joy: God’s Triumphant Grace in the Lives of Augustine, Luther, and Calvin (Wheaton, IL: Crossway, 2000), p. 77-83. Copyright 2011 John Piper. Usado con permiso de www.desiringGod.org.

Se ruega no reproducir o distribuir este artículo sin permiso.
  1. Heiko A. Oberman, Luther: Man Between God and the Devil (New York: Doubleday, 1992, orig. 1982), p. 193
  2. Ewald M. Plass, recopilador, What Luther Says: An Anthology, vol. 3 (St. Louis: Concordia Publishing House, 1959), p. 1359 (énfasis añadido)
  3. Plass, What Luther Says, vol. 2, p.62
  4. Ibid.
  5. Plass, What Luther Says, vol. 3, p.1355
  6. Plass, What Luther Says, vol. 2, p. 913
  7. Oberman, Luther: Man Between God and the Devil, p.77
  8. Hugh T. Kerr, A Compend of Luther’s Theology (Philadelphia: The Westminster Press, 1943), p.17

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