Top Menu

En la imagen de…

Mi hijo adolescente está «enamorado» de Cristiano Ronaldo. Y con razón. Es la estrella del momento del Real Madrid y mi hijo es un hincha fiel y para toda la vida del Real Madrid. Ayer fue al peluquero y pidió un corte de pelo como el de Cristiano Ronaldo. La verdad es yo preferiría que mi hijo se pareciera a sí mismo y no al futbolista famoso del momento. Me falta comprensión. Pero, se cortó el pelo así. No le queda mal, la verdad. La primera cosa que me dijo al salir de la peluquería fue, «¡Me tienes que comprar la gomina que tiene el peluquero!» Claro, sin la gomina, el peinado no funciona, no con el pelo tan grueso que tiene mi hijo.

A pesar de mi sentido demasiado práctico en cuanto al dinero y mi deseo de que mi hijo hubiese pedido un corte de pelo menos laborioso y menos costoso, me puse a reflexionar sobre la situación. Mi hijo admira mucho a Cristiano Ronaldo. Se fija en las noticias sobre él. Ve todos sus partidos. Le defiende ante toda persona que comenta que el hombre es un creído. Habla de él más que de nadie. Tiene su foto en la pantalla de su ordenador. Es, por así decirlo, su ídolo. Y él quiere ser como su ídolo, quiere tener la imagen de su ídolo. Hasta es posible que quiere que los demás reconozcan a su héroe en él a través de su corte de pelo.

Cuando estamos realmente «enamorados» de alguien, queremos ser como él.

Y yo, ¿qué? ¿Quiero tanto a Dios y le admiro tanto que deseo ser como él? ¿Que deseo parecerme a él? ¿Que otros ven a Dios a través de mi vida?